Nunca voy a olvidar al primer niño que he visto venir al mundo, Mateo; ni como las lágrimas se le derramaron de los ojos a aquel padre que llevaba 9 meses esperando a su Gimena, ni a ese precioso bebé asiático que me dejaron limpiar, pesar, vacunar y vestir y la sonrisa de su madre cuando le puse a su niño en brazos. Tampoco la felicidad de esas familias recién formadas ni toda la ternura que irradiaban, que hasta me encogía el corazón...
Y aunque siempre tuve claro que la ginecología no va a ser el camino que elija al terminar la carrera... Momentos como estos son los que hicieron que mereciera la pena madrugar cada mañana para ir al hospital.
qué bonito! :)
ResponderEliminarHola, entré a tu blog por casualidad, me pareció muy bueno, no quería salir sin decírtelo.
ResponderEliminarAprovecho la oportunidad para invitarte al mío que es de literatura.
Un abrazo desde Argentina.
Humberto.
www.humbertodib.blogspot.com