Anteayer dejé salir a la bestia que llevo dentro, es negra, tiene unas garras enormes y unos colmillos muy afilados, y se alimenta de todos los reproches que no hago, de las lágrimas que lloro a solas en mi habitación, de todas las veces que me he sentido incomprendida y del cariño que mi familia no me ha dado.
Sí, la dejé salir, porque cuando me enfado le es muy fácil escaparse de la cárcel de mis costillas. Me enfadé y la sangre me latía en las sienes, el corazón iba a salírseme por la boca y la ira invadía todas mis arterias, y la bestia se escapó.
Se escapó e hizo daño, porque ella acuchilla con palabras que hieren, me hace gritar hasta que me duele la garganta y vomitar todo el resentimiento que se me estaba pudriendo dentro. Y hago daño a los demás, pero, sobre todo, me hago daño a mí misma. Porque cada vez que se escapa no dejo de sentirme como una auténtica mierda.
